Ahora puedo decirlo: siempre sentí un ligero desprecio por mis padres; siempre les reproché (aunque, claro, nunca lo exterioricé, ni mucho menos ante ellos) no ser como los personajes de las películas: me disgustaba, por ejemplo, que mi madre usara rebozo para salir a la calle, y no vestidos escotados, o que mi padre careciera de automóvil y nunca se hubiera puesto un traje (creo que ni siquiera tenía). Me habría encantado verlos salir de noche a un centro nocturno, ella, con su abrigo de pieles, y él, con el ya mencionado traje y con sombrero: Libertad Lamarque y Arturo de Córdova preparándose para una noche de diversión. Pero en San Mateo del Río no había centros nocturnos; a lo más, cantinas, y en esa época, a las mujeres no se les permitía la entrada. Además, en caso de que hubieran existido ese tipo de sofisticados lugares, mis padres no habrían tenido en qué irse, y mucho menos en qué regresarse, pues entonces San Mateo carecía de taxis, y el camión, llamado “Circunvalación” porque daba la vuelta al pueblo (“áhi viene el Circunvalación”, decían), dejaba de pasar a las seis de la tarde: ¡pinche pueblo bicicletero!
Volviendo a mis padres, no es que fueran desharrapados o que vistieran de una manera humilde, pero sí carecían de elegancia, y desconocían por completo la palabra “moda”, que otras personas de mi pueblo (yo, por ejemplo) no parecían ignorar, aunque fuera con cierto retraso, debido a que las películas llegaban uno o dos años después de haberse filmado. Pero también estaban, claro, las revistas, que en mi casa consideraban un gasto inútil.
VOLTAIRE
Hace 10 horas

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