La eficacia narrativa, el ingenio y la fotografía de
M, de Fritz Lang, me dejaron con la boca abierta. Me encantaron, también, los delincuentes preocupados por la crisis y por el descrédito en que está cayendo su profesión debido al multiasesino. Y es entrañable la justificada sobreactuación de Peter Lorre, acaso recién llegado del teatro o del cine mudo.
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