Luis Zapata
Para Juan Carlos Moctezuma
1.
Al principio, sólo existía el cine.
A los poblados pequeños, no llegaba la televisión; el itinerante Teatro Tayita sólo iba de vez en cuando; no había teatros, bibliotecas, librerías, ni mucho menos Internet. Música, sólo la de la banda municipal, los jueves y domingos.
Claro que sí había tiendas de discos, que entonces se llamaban discotecas, y también periódicos y revistas: del hogar, de política, de consultas sentimentales (la Doctora Corazón, por ejemplo, es chilpancingueña, cosa que muchos ignoran –y hasta es posible que ignoren también quién era la antaño famosérrima Doctora--, y hermana de María Luisa Ocampo), de chistes, de nota roja, fotonovelas, cómics, revistas de cine, estas últimas en blanco y negro, o sepia, o con selección de color, o en tinta verde.
En Figuras, aparecía cada semana una película mexicana, primero con dibujos hechos a partir de las escenas; luego, con fotogramas. Los púberes cinéfilos (que no canéforos) nos relamíamos el incipiente bigote con una emoción anticipada: ¿cuánto tardarían en llegar esas películas al pueblo en que vivíamos?
Contra lo que pudiera pensarse, el Chilpancingo de mi infancia y parte de mi adolescencia tenía una cartelera cinematográfica que ahora nos parecería envidiable: aunque sólo había dos cines, la programación cambiaba cuatro veces por semana, sin contar las matinés de los domingos. El programa era doble, salvo los sábados en el cine Guerrero, que era triple, como si los programadores nos dijeran, sin usar esas palabras “Ahora vamos a organizar un ciclo de Antonio Aguilar.”
También llegaban películas europeas, sobre todo al cine Colonial, que exhibía sólo cine extranjero, muchas veces para adultos: por mi edad, nunca pude ver Los amantes, Los primos, ni ninguna protagonizada por Brigitte Bardot. Vi, desde luego, La guerra de los botones, en cuyo tráiler un niño impaciente preguntaba a cada rato “Et puis quoi?”, y La rosa de sangre o algo así, una película francesa, a color, de la cual no he vuelto a saber nada (sólo que es de Vadim, el director más célebre por sus matrimonios que por sus películas: Bardot, Deneuve, Fonda), pero que debió gustarme más que La guerra... Trataba sobre vampiros, un tema que me fascinaba y me aterraba a la vez.
En Acapulco, en cambio, vi algunos años después Cul de sac, y creo que todos nos enamoramos de Françoise Dorléac.
Mi papá, complaciente con todos mis caprichos infantiles y adolescentes, me llevó en dos ocasiones a Acapulco, para ver algunas películas de la Reseña Mundial de Festivales Cinematográficos, cuya sección oficial se realizaba en el Fuerte de San Diego; la informativa, en el entonces enorme y congelado Playa Hornos.
Nos hospedábamos en el hotel Playa Suave, a unas cuantas cuadras de la taquilla del Fuerte, donde había que hacer colas en las mañanas para asegurarse la entrada a la función nocturna, cuando el Fuerte, con todo y escaleras de piedra, se iluminaba con antorchas: al igual que en la película de Scola, la palabra “esplendor” puede usarse frecuentemente como sinónimo de cine.
Ya dije que en la Reseña vi Cul de sac. No sé si me gustó, y aún no sé si me gusta el cine de Polanski, lo cual constituye en cierta forma una herejía. Tampoco recuerdo bien la trama; sólo el rostro de Françoise Dorléac. Estaba atrapada en una isla con Donald Pleasence, el mismo que intentaría violar a Angélica María unos años después, en To Kill a Stranger. Finalmente, el extraño que resultaba muerto era él.
También de la Reseña, pero dos años después, me gustó mucho Je t’aime, je t’aime, de Resnais. La presentó Manolo Fábregas, y pronunció el nombre del director así: “Alán René”. Yo entonces todavía no estudiaba francés.
Pero cuando ya estaba en la UNAM, me pasaba con Resnais lo mismo que con la Duras: no sabía si se pronunciaba la S. Aún ahora dudo. (Más por esa razón que por otras igualmente válidas, siempre los asocia mi memoria.)
Vi también, en esas dos reseñas a las que fui con mi papá, La batalla de Argel, Doctor Zhivago, Inocencia sin protección, y, en la sección informativa, El estrangulador de Boston, Julieta de los espíritus, una canadiense con Geneviève Bujold y, ya fuera de la Reseña, pero también en Acapulco y en esos días, Cinco de chocolate y uno de fresa, con la refulgente Angélica María, en el cine Variedades. La Novia de México no estuvo presente en ninguna de las funciones a las que asistí, pero es posible que su mamá, Angélica Ortiz, sí haya ido, sólo para asegurarse de que el proyeccionista pasara la copia como tenía que ser y para ver las reacciones del público en ese preestreno: después de todo, ella y la Novia estaban arriesgando su dinero con la compañía productora que acababan de fundar.
Cinco de chocolate... me dejó apantalladérrimo, no sólo por la deslumbrante presencia de Angélica María en su mejor momento (pero ¿ha tenido alguno malo?). También me divirtieron mucho los diálogos de José Agustín, acaso el verdadero autor sin crédito de la película, y las canciones, mitad burla mitad homenaje a Los Impala, Piporro, la misma AM, con música de los Dug Dugs.
2.
Dos veces llegué a ir con mi papá a la Reseña, en la que no sólo me daba vuelo viendo películas que en Chilpancingo probablemente nunca exhibirían; también pedía autógrafos a quien se dejara y tomaba fotos con mi camarita instamátic a esa “constelación de luminarias”, tanto a las incipientes como a las consagradas, y a aquellas cuya época de mayor gloria ya había pasado: Rita Tushingham, Ofelia Medina, Leticia Robles, Mireille Darc, Rosita Arenas... Mi dolido corazón de cazautógrafos aún recuerda a quienes lo rechazaron: Gina Lollobrigida, que llegó enguantada y de paso rápido, como andan las celebridades, rodeada de guaruras y de —supongo— gente importante; Julissa, quien, también de paso rápido, sólo contestó “Ahorita no puedo”, y siguió caminando escoltada por los cuatro Caifanes de la película que presentarían esa noche; Dolores del Río, en compañía de otras afamadas figuras del cine nacional, y que no dijo ni sí ni no: ni siquiera me volteó a ver.
Todas las demás eran amables y hasta accedían a retratarse con uno (para eso estaban, piensa uno ahora), como hacían las del Festival de Cine Francés, que se llevó a cabo durante cuatro o cinco años también en Acapulco, aunque con más organización en lo tocante a la petición de autógrafos y fotos del recuerdo, y menos calidad en la selección de películas.
No recuerdo a qué horas se iniciaba la venta de boletos en la taquilla del Fuerte, pero sí que llegaba uno a las ocho de la mañana, o antes, y ya había una pequeña fila de fanáticos del cine o del mitote, que iría creciendo en el transcurso del día hasta agotar el boletaje, lo que no tardaba mucho en suceder. Valía la pena el suplicio de estar al rayo del sol algunas horas por la certeza de que en la noche, y al aire libre, uno vería las películas que acababan de premiar en los festivales más importantes, codeándose con las más renombradas estrellas, aunque esto de codearse es un decir, pues el público se sentaba en una especie de gradería, mientras que los Verdaderos Protagonistas de la Reseña y los invitados ocupaban los asientos más cercanos a la pantalla; eso sí, todos entrábamos por la misma puerta con puente levadizo, como corresponde a una fortaleza, y veíamos la función cobijados por la cálida noche estrellada, porque en esos tiempos el otoño no era época de ciclones.
La Sección Informativa era, en cambio, más democrática: aparte de que no se cobraba el ingreso, ahí sí todos mezclados nos sentábamos en la enorme butaquería del cine Playa Hornos, por las mañanas, y no era insólito descubrir, al terminar la proyección, que nuestros compañeros de asiento habían sido, por un lado, Sara García, y, por el otro, Tony Curtis.
¿Qué películas vi en esas tan atípicas matinés? Entre otras, Julieta de los espíritus, La guerra y la paz, El estrangulador de Boston y una canadiense con Geneviève Bujold cuyo título no recuerdo.
El cine Playa Hornos parecía entonces tan grande, tan limpio, tan fresco.
3.
Cuando nos cambiamos a Cuernavaca, mi vida de cinéfilo mejoró aún más, pues el cine club de Bellas Artes presentaba cada semana películas francesas en 16 mm. Vi en el IRBAC, Ascensor para el cadalso, Rojo y negro, La belleza del diablo, Pickpocket, y muchas más. Y, en el cine comercial, Bella de día, Besos robados, Los cuatrocientos golpes, Los paraguas de Cherburgo, esta última en compañía de mi amiga Rita Armenta, que torcía la boca cada vez que los actores empezaban a cantar (es decir, toda la película).
Pero lo verdaderamente decisivo, no sólo para mí sino también para muchos otros cinéfilos, fue el descubrimiento del cine de Jean-Luc Godard, verdadero maestro no reconocido de Peter Greenaway, del grupo Dogma y quién sabe de cuántos más.
La primera película de Godard que vi fue Pierrot el loco. Me sucedió lo mismo que con Ocho y medio: tuve la sensación de estar ante un fenómeno fílmico que no alcanzaba a comprender del todo, pero que me resultaba deslumbrante. Se lo comenté a mis compañeras Clara y Josefina, que estudiaban conmigo en la Escuela de Comercio y Administración. “Tienen que verla”, les dije, “es otra cosa”. Clara y Josefina aceptaron mi sugerencia, pero no les gustó. Yo, en cambio, como en el caso de Ocho y medio, volví a verla al día siguiente, y no miento si digo que la disfruté aún más: ya en esa segunda vez, no me choqueaba el hecho de que una persecución fuera interrumpida para presentar un número musical: “Ta ligne de hanche”, cantaba Belmondo, y respondía Ana Karina, “Ma ligne de hanche”.
Vi muchas películas más de Godard: Iban por lana (Bande à part), Sin aliento, Masculino-femenino, Dos o tres cosas que sé de ella, El desprecio, etcétera. Se convirtió en mi ídolo. Y sigue siéndolo.
También en Cuernavaca empecé a estudiar francés. Mi maestro era Roger Serra, quien resultó guionista de La manzana de la discordia, de Felipe Cazals, y autor de varias novelas de anticipación, publicadas con éxito en Estados Unidos y Francia. También había sido novio de mi amiga Angelina, otra francófila de corazón, y mi asesora de tesis.
¿Para qué quería yo aprender francés? No se me antojaba dar clases. Viajar a Francia se me hacía algo imposible entonces. Es probable que me haya metido a ese curso con la frívola finalidad de poder leer revistas en francés. En cuanto supe dos o tres conjugaciones, comencé a comprar revistas, ésas tan bien impresas que se vendían en la Kodak de Cuernavaca, con fotos de Romy Schneider, Jeanne Moreau, Delon y Belmondo en la portada. No recuerdo cómo se llamaban las revistas (no creo que llegara Cahiers du cinéma, y Première sólo la conocí en los ochenta), pero sí que satisfacían por completo mis necesidades de fan. Me encantaba Annie Girardot. También Mireille Darc, Françoise Dorléac, Marie-France Pisier, que había venido a la Reseña de Acapulco y que luego se convertiría en escritora de éxito. Y la Deneuve, por supuesto: más que todas.
4.
Ya en la década de 1990, en el Primer Festival de Cine Francés, que se realizaba en Acapulco, descubrí entre el público, mientras esperábamos para ver una de las películas con las luces del cine aún encendidas, un rostro inconfundible. Le dije a José “Mira, ahí está Catherine Deneuve.” “¿Cómo crees?”, contestó él, desde su natural escepticismo. “Sí”, le dije, “es igualita a Françoise Dorléac. No puede ser otra.”
En efecto, esa tarde, antes de la inauguración oficial, la Deneuve iba “de civil”, con un discreto traje sastre (seguramente Chanel) y el pelo lacio, hasta los hombros. No recuerdo si la presentaron en ese momento, pero a la hora de la inauguración, llegó convertida en lo que es: una de las máximas estrellas del cine. Como tal, borró a todo el mundo, envuelta en un vaporoso vestido de gasa verde y con el pelo recogido.
Mi amigo Raúl Soto, que entonces tenía un puesto importante en el Centro de Convenciones, me preguntó si quería que me consiguiera una entrevista con la Deneuve. Le dije que no: ¿qué se le puede preguntar a un mito? Ante ellos, hay que quedarse a una prudente distancia, observar el halo que despiden y quizás pedir un deseo, como se hace cuando cae una estrella fugaz. Sólo que estas estrellas no son fugaces: encuentran su sitio permanente en la memoria colectiva.
Con los mitos hay que actuar como con las ciudades por las que uno siente fascinación: no frecuentarlos. Es por eso que quizás nunca iré a Río de Janeiro. También por lo mismo me resistí varias veces a conocer a Angélica María, ídolo máximo desde mis once años: alguna vez me invitaron, de su parte, a ir a un programa que ella hacía en el canal 13, y no me latió mucho la cosa. En otra ocasión, María Rojo me pidió que fuéramos a la casa de Angélica para plantearle un proyecto teatral. Tampoco esa vez fuimos, porque me enfermé de gripe.
Dicen que la tercera es la vencida. En el caso de Angélica María, sí lo fue. O, mejor dicho, el vencido fui yo, que caí subyugado ante su simpatía, su inteligencia, su capacidad de dar afecto. En este caso, la persona superaba al mito.
Angélica María encarna el prototipo de la amabilidad. Es sorprendente la manera en que trata a la gente que se le acerca o que está cerca de ella. La noche en que dio una cena para mil invitados con motivo de sus cincuenta años de actriz, recorrió todas las mesas del enorme salón, saludando uno por uno a todos los asistentes. De más está decir que la única que no cenó fue ella. No pareció hacerle falta, acaso porque su principal alimento proviene del cariño que la gente le tiene: a pocas figuras del espectáculo el público siente como si pertenecieran a su familia. Lejos de apagarse ese amor, ha aumentado con los años, pues no sólo se le acercan quienes han visto sus películas y escuchado sus discos: ahora también los jóvenes, cuando la descubren en el vestíbulo de algún teatro o en algún restaurante, la saludan, le dan un beso o le piden su autógrafo. Ella los besa, los acaricia en la mejilla, y la sonrisa que ilumina el rostro de ese icono entrañable los contagia, pues se van luego con un brillo en la mirada que antes no tenían, como si hubieran visto una aparición: “la angelical Angélica María”, como decían los locutores y periodistas sesenteros.
Acapulco, 2000 – Cuernavaca, 2007
1.
Al principio, sólo existía el cine.
A los poblados pequeños, no llegaba la televisión; el itinerante Teatro Tayita sólo iba de vez en cuando; no había teatros, bibliotecas, librerías, ni mucho menos Internet. Música, sólo la de la banda municipal, los jueves y domingos.
Claro que sí había tiendas de discos, que entonces se llamaban discotecas, y también periódicos y revistas: del hogar, de política, de consultas sentimentales (la Doctora Corazón, por ejemplo, es chilpancingueña, cosa que muchos ignoran –y hasta es posible que ignoren también quién era la antaño famosérrima Doctora--, y hermana de María Luisa Ocampo), de chistes, de nota roja, fotonovelas, cómics, revistas de cine, estas últimas en blanco y negro, o sepia, o con selección de color, o en tinta verde.
En Figuras, aparecía cada semana una película mexicana, primero con dibujos hechos a partir de las escenas; luego, con fotogramas. Los púberes cinéfilos (que no canéforos) nos relamíamos el incipiente bigote con una emoción anticipada: ¿cuánto tardarían en llegar esas películas al pueblo en que vivíamos?
Contra lo que pudiera pensarse, el Chilpancingo de mi infancia y parte de mi adolescencia tenía una cartelera cinematográfica que ahora nos parecería envidiable: aunque sólo había dos cines, la programación cambiaba cuatro veces por semana, sin contar las matinés de los domingos. El programa era doble, salvo los sábados en el cine Guerrero, que era triple, como si los programadores nos dijeran, sin usar esas palabras “Ahora vamos a organizar un ciclo de Antonio Aguilar.”
También llegaban películas europeas, sobre todo al cine Colonial, que exhibía sólo cine extranjero, muchas veces para adultos: por mi edad, nunca pude ver Los amantes, Los primos, ni ninguna protagonizada por Brigitte Bardot. Vi, desde luego, La guerra de los botones, en cuyo tráiler un niño impaciente preguntaba a cada rato “Et puis quoi?”, y La rosa de sangre o algo así, una película francesa, a color, de la cual no he vuelto a saber nada (sólo que es de Vadim, el director más célebre por sus matrimonios que por sus películas: Bardot, Deneuve, Fonda), pero que debió gustarme más que La guerra... Trataba sobre vampiros, un tema que me fascinaba y me aterraba a la vez.
En Acapulco, en cambio, vi algunos años después Cul de sac, y creo que todos nos enamoramos de Françoise Dorléac.
Mi papá, complaciente con todos mis caprichos infantiles y adolescentes, me llevó en dos ocasiones a Acapulco, para ver algunas películas de la Reseña Mundial de Festivales Cinematográficos, cuya sección oficial se realizaba en el Fuerte de San Diego; la informativa, en el entonces enorme y congelado Playa Hornos.
Nos hospedábamos en el hotel Playa Suave, a unas cuantas cuadras de la taquilla del Fuerte, donde había que hacer colas en las mañanas para asegurarse la entrada a la función nocturna, cuando el Fuerte, con todo y escaleras de piedra, se iluminaba con antorchas: al igual que en la película de Scola, la palabra “esplendor” puede usarse frecuentemente como sinónimo de cine.
Ya dije que en la Reseña vi Cul de sac. No sé si me gustó, y aún no sé si me gusta el cine de Polanski, lo cual constituye en cierta forma una herejía. Tampoco recuerdo bien la trama; sólo el rostro de Françoise Dorléac. Estaba atrapada en una isla con Donald Pleasence, el mismo que intentaría violar a Angélica María unos años después, en To Kill a Stranger. Finalmente, el extraño que resultaba muerto era él.
También de la Reseña, pero dos años después, me gustó mucho Je t’aime, je t’aime, de Resnais. La presentó Manolo Fábregas, y pronunció el nombre del director así: “Alán René”. Yo entonces todavía no estudiaba francés.
Pero cuando ya estaba en la UNAM, me pasaba con Resnais lo mismo que con la Duras: no sabía si se pronunciaba la S. Aún ahora dudo. (Más por esa razón que por otras igualmente válidas, siempre los asocia mi memoria.)
Vi también, en esas dos reseñas a las que fui con mi papá, La batalla de Argel, Doctor Zhivago, Inocencia sin protección, y, en la sección informativa, El estrangulador de Boston, Julieta de los espíritus, una canadiense con Geneviève Bujold y, ya fuera de la Reseña, pero también en Acapulco y en esos días, Cinco de chocolate y uno de fresa, con la refulgente Angélica María, en el cine Variedades. La Novia de México no estuvo presente en ninguna de las funciones a las que asistí, pero es posible que su mamá, Angélica Ortiz, sí haya ido, sólo para asegurarse de que el proyeccionista pasara la copia como tenía que ser y para ver las reacciones del público en ese preestreno: después de todo, ella y la Novia estaban arriesgando su dinero con la compañía productora que acababan de fundar.
Cinco de chocolate... me dejó apantalladérrimo, no sólo por la deslumbrante presencia de Angélica María en su mejor momento (pero ¿ha tenido alguno malo?). También me divirtieron mucho los diálogos de José Agustín, acaso el verdadero autor sin crédito de la película, y las canciones, mitad burla mitad homenaje a Los Impala, Piporro, la misma AM, con música de los Dug Dugs.
2.
Dos veces llegué a ir con mi papá a la Reseña, en la que no sólo me daba vuelo viendo películas que en Chilpancingo probablemente nunca exhibirían; también pedía autógrafos a quien se dejara y tomaba fotos con mi camarita instamátic a esa “constelación de luminarias”, tanto a las incipientes como a las consagradas, y a aquellas cuya época de mayor gloria ya había pasado: Rita Tushingham, Ofelia Medina, Leticia Robles, Mireille Darc, Rosita Arenas... Mi dolido corazón de cazautógrafos aún recuerda a quienes lo rechazaron: Gina Lollobrigida, que llegó enguantada y de paso rápido, como andan las celebridades, rodeada de guaruras y de —supongo— gente importante; Julissa, quien, también de paso rápido, sólo contestó “Ahorita no puedo”, y siguió caminando escoltada por los cuatro Caifanes de la película que presentarían esa noche; Dolores del Río, en compañía de otras afamadas figuras del cine nacional, y que no dijo ni sí ni no: ni siquiera me volteó a ver.
Todas las demás eran amables y hasta accedían a retratarse con uno (para eso estaban, piensa uno ahora), como hacían las del Festival de Cine Francés, que se llevó a cabo durante cuatro o cinco años también en Acapulco, aunque con más organización en lo tocante a la petición de autógrafos y fotos del recuerdo, y menos calidad en la selección de películas.
No recuerdo a qué horas se iniciaba la venta de boletos en la taquilla del Fuerte, pero sí que llegaba uno a las ocho de la mañana, o antes, y ya había una pequeña fila de fanáticos del cine o del mitote, que iría creciendo en el transcurso del día hasta agotar el boletaje, lo que no tardaba mucho en suceder. Valía la pena el suplicio de estar al rayo del sol algunas horas por la certeza de que en la noche, y al aire libre, uno vería las películas que acababan de premiar en los festivales más importantes, codeándose con las más renombradas estrellas, aunque esto de codearse es un decir, pues el público se sentaba en una especie de gradería, mientras que los Verdaderos Protagonistas de la Reseña y los invitados ocupaban los asientos más cercanos a la pantalla; eso sí, todos entrábamos por la misma puerta con puente levadizo, como corresponde a una fortaleza, y veíamos la función cobijados por la cálida noche estrellada, porque en esos tiempos el otoño no era época de ciclones.
La Sección Informativa era, en cambio, más democrática: aparte de que no se cobraba el ingreso, ahí sí todos mezclados nos sentábamos en la enorme butaquería del cine Playa Hornos, por las mañanas, y no era insólito descubrir, al terminar la proyección, que nuestros compañeros de asiento habían sido, por un lado, Sara García, y, por el otro, Tony Curtis.
¿Qué películas vi en esas tan atípicas matinés? Entre otras, Julieta de los espíritus, La guerra y la paz, El estrangulador de Boston y una canadiense con Geneviève Bujold cuyo título no recuerdo.
El cine Playa Hornos parecía entonces tan grande, tan limpio, tan fresco.
3.
Cuando nos cambiamos a Cuernavaca, mi vida de cinéfilo mejoró aún más, pues el cine club de Bellas Artes presentaba cada semana películas francesas en 16 mm. Vi en el IRBAC, Ascensor para el cadalso, Rojo y negro, La belleza del diablo, Pickpocket, y muchas más. Y, en el cine comercial, Bella de día, Besos robados, Los cuatrocientos golpes, Los paraguas de Cherburgo, esta última en compañía de mi amiga Rita Armenta, que torcía la boca cada vez que los actores empezaban a cantar (es decir, toda la película).
Pero lo verdaderamente decisivo, no sólo para mí sino también para muchos otros cinéfilos, fue el descubrimiento del cine de Jean-Luc Godard, verdadero maestro no reconocido de Peter Greenaway, del grupo Dogma y quién sabe de cuántos más.
La primera película de Godard que vi fue Pierrot el loco. Me sucedió lo mismo que con Ocho y medio: tuve la sensación de estar ante un fenómeno fílmico que no alcanzaba a comprender del todo, pero que me resultaba deslumbrante. Se lo comenté a mis compañeras Clara y Josefina, que estudiaban conmigo en la Escuela de Comercio y Administración. “Tienen que verla”, les dije, “es otra cosa”. Clara y Josefina aceptaron mi sugerencia, pero no les gustó. Yo, en cambio, como en el caso de Ocho y medio, volví a verla al día siguiente, y no miento si digo que la disfruté aún más: ya en esa segunda vez, no me choqueaba el hecho de que una persecución fuera interrumpida para presentar un número musical: “Ta ligne de hanche”, cantaba Belmondo, y respondía Ana Karina, “Ma ligne de hanche”.
Vi muchas películas más de Godard: Iban por lana (Bande à part), Sin aliento, Masculino-femenino, Dos o tres cosas que sé de ella, El desprecio, etcétera. Se convirtió en mi ídolo. Y sigue siéndolo.
También en Cuernavaca empecé a estudiar francés. Mi maestro era Roger Serra, quien resultó guionista de La manzana de la discordia, de Felipe Cazals, y autor de varias novelas de anticipación, publicadas con éxito en Estados Unidos y Francia. También había sido novio de mi amiga Angelina, otra francófila de corazón, y mi asesora de tesis.
¿Para qué quería yo aprender francés? No se me antojaba dar clases. Viajar a Francia se me hacía algo imposible entonces. Es probable que me haya metido a ese curso con la frívola finalidad de poder leer revistas en francés. En cuanto supe dos o tres conjugaciones, comencé a comprar revistas, ésas tan bien impresas que se vendían en la Kodak de Cuernavaca, con fotos de Romy Schneider, Jeanne Moreau, Delon y Belmondo en la portada. No recuerdo cómo se llamaban las revistas (no creo que llegara Cahiers du cinéma, y Première sólo la conocí en los ochenta), pero sí que satisfacían por completo mis necesidades de fan. Me encantaba Annie Girardot. También Mireille Darc, Françoise Dorléac, Marie-France Pisier, que había venido a la Reseña de Acapulco y que luego se convertiría en escritora de éxito. Y la Deneuve, por supuesto: más que todas.
4.
Ya en la década de 1990, en el Primer Festival de Cine Francés, que se realizaba en Acapulco, descubrí entre el público, mientras esperábamos para ver una de las películas con las luces del cine aún encendidas, un rostro inconfundible. Le dije a José “Mira, ahí está Catherine Deneuve.” “¿Cómo crees?”, contestó él, desde su natural escepticismo. “Sí”, le dije, “es igualita a Françoise Dorléac. No puede ser otra.”
En efecto, esa tarde, antes de la inauguración oficial, la Deneuve iba “de civil”, con un discreto traje sastre (seguramente Chanel) y el pelo lacio, hasta los hombros. No recuerdo si la presentaron en ese momento, pero a la hora de la inauguración, llegó convertida en lo que es: una de las máximas estrellas del cine. Como tal, borró a todo el mundo, envuelta en un vaporoso vestido de gasa verde y con el pelo recogido.
Mi amigo Raúl Soto, que entonces tenía un puesto importante en el Centro de Convenciones, me preguntó si quería que me consiguiera una entrevista con la Deneuve. Le dije que no: ¿qué se le puede preguntar a un mito? Ante ellos, hay que quedarse a una prudente distancia, observar el halo que despiden y quizás pedir un deseo, como se hace cuando cae una estrella fugaz. Sólo que estas estrellas no son fugaces: encuentran su sitio permanente en la memoria colectiva.
Con los mitos hay que actuar como con las ciudades por las que uno siente fascinación: no frecuentarlos. Es por eso que quizás nunca iré a Río de Janeiro. También por lo mismo me resistí varias veces a conocer a Angélica María, ídolo máximo desde mis once años: alguna vez me invitaron, de su parte, a ir a un programa que ella hacía en el canal 13, y no me latió mucho la cosa. En otra ocasión, María Rojo me pidió que fuéramos a la casa de Angélica para plantearle un proyecto teatral. Tampoco esa vez fuimos, porque me enfermé de gripe.
Dicen que la tercera es la vencida. En el caso de Angélica María, sí lo fue. O, mejor dicho, el vencido fui yo, que caí subyugado ante su simpatía, su inteligencia, su capacidad de dar afecto. En este caso, la persona superaba al mito.
Angélica María encarna el prototipo de la amabilidad. Es sorprendente la manera en que trata a la gente que se le acerca o que está cerca de ella. La noche en que dio una cena para mil invitados con motivo de sus cincuenta años de actriz, recorrió todas las mesas del enorme salón, saludando uno por uno a todos los asistentes. De más está decir que la única que no cenó fue ella. No pareció hacerle falta, acaso porque su principal alimento proviene del cariño que la gente le tiene: a pocas figuras del espectáculo el público siente como si pertenecieran a su familia. Lejos de apagarse ese amor, ha aumentado con los años, pues no sólo se le acercan quienes han visto sus películas y escuchado sus discos: ahora también los jóvenes, cuando la descubren en el vestíbulo de algún teatro o en algún restaurante, la saludan, le dan un beso o le piden su autógrafo. Ella los besa, los acaricia en la mejilla, y la sonrisa que ilumina el rostro de ese icono entrañable los contagia, pues se van luego con un brillo en la mirada que antes no tenían, como si hubieran visto una aparición: “la angelical Angélica María”, como decían los locutores y periodistas sesenteros.
Acapulco, 2000 – Cuernavaca, 2007
(Este texto forma parte del libro Souvenirs, souvenirs, incluido en el volumen colectivo Triple función, Editorial Quimera, 2007)

4 comentarios:
¡Hola! por acá, de visita, como diría Isherwood... un abrazo...
Ya pon otro post, porfis.
Hola Luis:
¡Qué suerte encontrar tu blog!
Tengo pendiente contigo una entrevista sobre "El vampiro..."; espero pueda concretarse pronto.
Aquí tenemos detenido el mundo, pues nuestra temporada teatral no ha podido iniciar por la "epidemia".
Un fuerte abrazo.
Visita mi blog: http://artenomas.blogspot.com
P.D. Si vienes a Acapulco avísanos para verte.
No hay como la Nueva Ola. Desde hace años ha sido el motivo de mi inspiración. No sé qué sería de mí si nunca hubiera visto Los cuatrocientos golpes o Zazie en el metro o Sin aliento o Hiroshima, mi amor. Hasta hice mi tesis de la Nueva Ola y Dogma. Uau.
De chavito a veces veía las de Angélica María. Me acuerdo de una en la que era como una científica súper genia que se llamaba Leonarda Tomasa Isaaca.
Llegué de casualidad a este blog y qué buena onda de post. Yo tampoco sabría qué preguntarle a Catherine Deneuve si la viera. Ah no, a lo mejor le haría una sola pregunta: ¿qué te imaginas que había en la cajita que el oriental panzón te enseña en Bella de Día?, y ya. Jeje. Algo así, aunque seguro se lo han preguntado millones de veces.
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