Los escritores generalmente no leemos: estamos demasiado ocupados, cuando no ganándonos la vida para mal comer, escribiendo.
Si me preguntaran en alguna entrevista mi opinión sobre los escritores contemporáneos, contestaría que mi formación es muy deficiente y que los desconozco: apenas voy en el Renacimiento.
No puedo preocuparme por el mañana, porque ni siquiera sé si tendré un mañana.
El poder corrompe, así sea el de un empleado tras una ventanilla, el de una cajera tras un mostrador, el de cualquier funcionarillo de cultura.
La fe es un tesoro, acaso el más grande. El que la tenga, que no la ostente: es de mal gusto, como ostentar las riquezas.
¿Qué vuelve clásico a un clásico? Quizá sólo la capacidad de resistir al paso del tiempo. Pero si en la literatura, un arte de la permanencia, hacen falta por lo menos cien años para hacer de un autor un clásico, en el cine, un arte de la velocidad, bastan veinte años para solidificar el prestigio de un director. Así, podemos llamar clásicos a Fellini, Visconti y Pasolini (¿qué tendrán los italianos, que son tan propensos a la genialidad?), pero ahora también a Fassbinder, a Herzog, a Schroeder (¿qué tendrán los alemanes...?). El resto, que se lo coma el tiempo, ese devorador de famas (y, por lo demás, también de cronopios, como dijera el buen Cortázar).
El que espera, desespera; pero más desespera el que no espera nada.
Hay mucha competencia entre los críticos literarios: siempre está uno tratando de demostrar que puede ser más bruto que el otro. (No me refiero, desde luego, a los que escriben ensayos sobre libros, sino sólo a los reseñistas, que tienden, como todos los tontos, a sobrevalorarse.)
Puedo vivir con limitaciones económicas, incluso en la extrema penuria, pero gracias a la literatura, puedo vivir al mismo tiempo en la suntuosa corte de los Médicis, y conocer el lujo y la belleza con mayor detalle que si estuviera ahí. ¿Quién que no haya leído
Bomarzo, del buen Mujica Lainez, podría saber cómo se vive realmente en los palacios? ¿Quién que no lea puede entrar en contacto con el verdadero esplendor? Apenas tienen atisbos de lo que consideran elegante, como el repartidor de pizzas que echa una mirada furtiva a la casa del nuevo rico donde entrega su mercancía.
Poca veces me han entrevistado, pero en esas ocasiones he sufrido la humillación de tener que explicar, y hasta justificar, mi propia obra. No obstante, también les he infligido a los reporteros una pequeña, inocente afrenta: la de salirme por la tangente. Así, ante una pregunta sobre el tema o la trama, he respondido con consideraciones formales, y ellos ni cuenta se han dado. (Pero, entonces, ¿cómo puedo pensar en haberme vengado?)
Como amigo, suelo ser bueno; como enemigo, soy feroz: no les hago el menor caso a mis adversarios.
Freud is a fraud (y si ya lo dijo alguien antes –cosa que no dudo--, perdón: los lugares comunes son irresistibles).
Dicen que, como la muerte, la escritura es una actividad en la que se está solo. Yo no: me acompaña casi siempre Chaikovski.
De todos los escritores que he leído, guardo excelentes recuerdos. Pero los más gratos son los de los escritores que me han hecho reír: se me figuran amantes que, además de su cariño, me han dado regalos costosos. Pienso en Rabelais, en Fielding, en Sterne, en Voltaire, en Diderot, en Thackeray, en Quevedo, en Chaucer, en Boccaccio, en el Arcipreste de Hita, pero también en los anónimos autores de
Las mil y una noches y en los no siempre anónimos autores de fabliaux y otros relatos medievales.
Siempre tuve el gusanillo de dirigir cine, aunque para gusanillos, los que algún día invadirán mi cuerpecillo.
¿Otra ventaja de leer a los clásicos? Que los podemos saquear impunemente: citarlos in extenso, adaptarlos a otros medios, imitarlos, plagiarlos, inspirarnos en ellos, traducirlos sin pagarles regalías, etcétera, y ninguno de esos dadivosos amigos nos va a demandar. (¿Y si algún crítico nos cacha en la movida? Vana preocupación: los críticos no leen a los clásicos: están demasiado ocupados hojeando –que no leyendo— las novedades literarias para escribir –bueno, es un decir— sus reseñas.)
No sólo nos volvemos misántropos con el paso del tiempo y toda la gente empieza a caernos gorda; también a todo el mundo le da por detestarnos.
A Borges le hizo bien la ceguera: lo volvió un clásico, no sólo porque lo emparentó con Homero, sino porque depuró su estilo. Basta comparar la prosa de sus cuentos tempranos (acaso verbosa), que seguramente escribió y leyó y releyó para corregirla, con la nítida prosa de sus últimos textos, que no tuvo más remedio que dictar. Todos salimos ganando.
Si, como dice el buen José Emilio Pacheco, la relación más íntima que puede darse entre dos seres humanos es la de autor-lector, ¿para qué necesita uno embarcarse en otras relaciones casi siempre problemáticas y de lucha por el poder (que es en lo que terminan la mayoría)?
Al ver mi vida en retrospectiva, me doy cuenta de que las tres cosas más importantes han sido dos: la escritura. (Se me perdonará el chistecito, que parece fácil, pero es que a medida que iba redactando la frase, iba eliminando las menos importantes, la lectura y el cine, para quedarme sólo con lo más definitivo y duradero: la prueba está en que sigo escribiendo, mientras que, debido a la crisis, hace tiempo que no compro libros ni voy al cine.)
Algunas incorrecciones que no dejan de ser graciosas (¿todas lo son, en mayor o menor medida?): para diferenciarlas de las enfermeras, que saben administrar medicamentos, ya sea por vía oral, intravenosa, o cualquier otra, se ha dado en llamar a las mujeres que cuidan y asean a los ancianos y les cambian los pañales desechables “cuidadoras seniles”, lo cual parecería un término correcto y hasta aséptico. Pero ya pensándolo bien, podría uno preguntarse de qué sirve una cuidadora senil, es decir, una ancianita que se dedica a cuidar a otro, sea joven o viejo, ya que el calificativo se aplica a ella. Lo mismo (es decir, la misma gracia) podemos encontrar en la expresión “mujeres sexualmente abusadas”, o niños: ¿se refieren a las mujeres (o niños) que se ponen abusadas a la hora del sexo, que tienen una inteligencia especial para esa actividad, o que simplemente cobran por sus favores sexuales? Igualmente, cabe preguntarse: ¿Un fumador pasivo es aquel que sólo fuma mientras se lo cogen? Et ainsi de suite.
Si algo debo agradecerles a mis padres, es que no hayan sido famosos, que no hayan abrazado la carrera del arte: ¡qué chinga habría representado ser hijo de Genet, de Van Gogh, de Fellini! ¡Cómo superarlos, cómo tan siquiera igualarlos! Por algo muchos de los grandes genios no dejan descendencia tras de sí: una especie de selección natural: aquí se acaba la estirpe. Si es verdad que el buen Klaus Mann se suicidó, algo de culpa debió tener su célebre padre.
Es cierto que las cucarachas son muy inteligentes y que poseen una gran capacidad de adaptación, pero que puedan sobrevivir, como se ha dicho, a un holocausto nuclear es una mentira infame. Seguramente se trata sólo de un rumor propalado por las mismas cucarachas. ¿Con qué fin? Para que les temamos. O quizá para humillarnos y vengarse de sus hermanas, que han muerto mil y una veces a lo largo de la historia bajo la suela de nuestros zapatos.
La Academia de la Lengua es como Hacienda: a cada rato nos atosiga con nuevas disposiciones: que siempre sí, que siempre no. Se trata de chingar, no de simplificar. Ahora resulta que ya se puede decir “inclusive” en lugar de “incluso”, que hay que acentuar las palabras en latín, que... Lo que ignora la susodicha Academia es que los escritores (y, por lo demás, los hablantes) hacemos con la lengua lo que se nos da la gana, y que somos los escritores (o los hablantes) quienes le damos sentido y calidez a la susodicha lengua. A la Academia, no le queda más remedio que apechugar y tratar de reglamentar y fijar las innovaciones que nosotros ya hicimos antes. Nosotros (escritores y hablantes) disfrutamos del banquete, por así decirlo; la Academia, en cambio, recoge los trastes cuando ya terminó la fiesta. Quizás a eso se refiere cuando dice que “limpia, pule y da esplendor”.
No tengo ningún empacho en decir que prefiero a los imitadores del buen Cervantes que a Cervantes mismo:
Joseph Andrews, escrito a la manera de Cervantes, del buen Fielding, es infinitamente superior y más divertido que cualquiera de las a veces farragosas novelas del célebre Manco;
Jacques el fatalista, del buen Diderot, supera en comicidad y en maestría estilística a El Quijote, que le sirvió de inspiración, y nadie ignora que la versión de El Quijote hecha por Pierre Menard es más ingeniosa y, si se quiere, cervantina que la del mismo Cervantes. ¿Significa esto que desprecio al buen don Miguel? No, para nada, y no dejo de reconocer que a veces tiene su gracia. ¡Pero, hombre, de eso a endiosarlo como lo endiosan todos! ¡Ya bájenle!
Y ya que en ésas estamos, diré algo que puede parecer una herejía, casi casi un crimen de lesa literatura, pero aun así lo digo y lo sostengo: no me gusta Proust; no sólo eso: lo considero un pésimo escritor: aburrido, insulso, con un estilo indigesto, abigarrado, todo lo contrario del buen Gide, por poner un ejemplo (en mi opinión, hizo bien éste en rechazar el manuscrito de aquél, lo que muchos no le han perdonado). Además, ¡cuánto daño le ha hecho a la literatura! ¡Cuántos escritores no se han sentido, después de él, autorizados para hablar de sus insípidas infancias! ¡Como si escribir sobre la propia abuelita y sobre ciertos olores tuviera algún mérito literario!
Me desagrada el consumo. Y uso la palabra en sus dos sentidos: el del desgaste de las cosas y el de la compra: no bien se acaba algo, cuando ya hay que reponerlo: medicinas, cigarros, comida, ropa (con menos frecuencia), muebles (id.), café, té, o lo que tome uno, azúcar, jabón, pasta dental, detergentes, recibos de honorarios (o éstos aunque no se acaben: basta con que venza su fecha de caducidad, con esa modita pendeja que le ha dado a Hacienda por exigirla), desodorantes, agua purificada, aparatos, etcétera, para no hablar de las muelas, los ojos y demás partes del cuerpo cuyo deterioro hay que compensar de alguna manera.
¿Y los libros, y las películas que compra uno (o las idas al cine)? Bueno, eso es lo contrario del consumo, pues no implica gasto (o únicamente un gasto mínimo): es tan sólo una manera de enriquecerse, la más agradable de todas y la menos condenable.
¡Cuántos hay que se enorgullecen de sus conocimientos! ¡Como si les hubiera costado trabajo adquirirlos (¿no se supone que la lectura y el estudio son placenteros?)! ¡Cuántos escritores se ufanan de su literatura, como si se tratara de un logro propio, y no de un don! Por lo demás, una gran cultura sólo puede tener como consecuencia la humildad: sí, escribo mis cositas, pero comparadas con lo que hacía el buen Flaubert, caray, hombre, hasta me sonrojo por la sola idea de dicha comparación. Sí, dirán otros, hago mi musiquita, pero no puedo ignorar que antes de mí existió Bach, maestro de todas las formas. Et ainsi de suite: mis cuadritos, mis esculturitas, mis peliculitas... Todo artista debería ponerse, aunque fuera por un momento, al lado de los grandes: ¡ya veríamos si no salían un poco más humilditos! La vanidad estética, el orgullo, sólo puede provenir de la ignorancia.
¡Cuánta pobreza la de quienes hacen las cosas sólo por dinero!
Siempre me han parecido un poco tontos los pesimistas, en la medida en que únicamente ven una parte de la realidad, la más pinchona. Si a eso le añadimos que contaminan a los demás con sus quejas y sus previsiones catastróficas, entonces resulta que además de pendejos, son nocivos.
Si la historia de la literatura se hubiera detenido en 1616, nos habríamos quedado “tan sólo” con Rabelais, con Shakespeare, con Montaigne, con Cervantes: ¿habría hecho falta algo más? Todos los géneros, todos los estilos, todos los temas estaban ya ahí. (Y eso que dije antes de que no me gustaba tanto Cervantes no significa que no le reconozca sus méritos, entiéndase bien: después de todo, tenía su chiste el buen manquito.)
El consumo: la alegría de los simples.
Estaba con una mano atrás y otra adelante, pero no porque su pobreza fuera extrema, sino porque se estaba masturbando doblemente, por el pito y por el culo.
El deseo no vale gran cosa: dura mientras dura. Muchos años deseé tener
8 ½ en video, aunque ya la había visto repetidas veces en el cine. Y la tuve. Y sólo volví a verla una vez más. ¿Por qué? ¿Descubrí sus inexistentes defectos? ¿Me pareció aburrida? Nada de eso: simplemente dejé de desear verla porque la tenía. Pasa lo mismo con las ediciones de lujo, con los cuerpos ajenos, con los viajes, con los aparatos sofisticados: una vez que se obtiene el que deseábamos, ya estamos buscando otro: el corazón nunca tiene llenadero.
El verdadero escritor es aquel que puede soportar con paciente y digna entereza la posibilidad de tener varios libros inéditos, o, mejor aún, varios libros abortados. Al otro, al que se muere por publicar y atosigar al mundo con sus escritos, más bien habría que llamarlo un publicador.