lunes 9 de noviembre de 2009

Ya me arrepentí de haber soñado esto

Soñé que Thalía y yo éramos amigos. Estábamos en una filmación, en el descanso de una filmación. Había mucha gente, quizá por la popularidad de Thalía. No sé si estaba dirigiendo yo algo: capaz que era un videoclip!!! Platicábamos ella y yo, no recuerdo de qué. Sólo recuerdo que la veía muy, pero muy flaquita: sus piernas no eran más gruesas que los brazos de un niño pequeño. Le preguntaba si no era peligroso que estuviera tan delgada, y ella me decía que no, que al contrario: era lo mejor para la salud. Yo pensaba que seguramente tenía razón Thalía, que algún nutriólogo se lo habría dicho y que debería hacer yo un esfuerzo por comer menos. Después nos separábamos, y creo que ella se iba (al menos salía de cuadro). Se me hacía mala onda de mi parte no haberle preguntado cómo iba su matrimonio ni cómo estaba su hija.

sábado 7 de noviembre de 2009

Algunas de las cosas que más me gustan las hago solo

http://www.youtube.com/watch?v=k1sRU9y7KDo

miércoles 4 de noviembre de 2009

Otro

Otra cosa de la que me veo ahora libre es de la necesidad de andar buscando editor para mis tristes manuscritos, mis ts. ms., sobre todo en esta época de crisis —pero ¿cuál época no ha sido de crisis?, me pregunto en este momento en que poseo una mayor lucidez: nunca ha estado el horno para bollos, por decirlo de alguna manera. Sí, claro, me libero de la búsqueda de editor, pero también de esa espera entre angustiosa e ilusionada en que el ts. ms. es sometido a dictamen. ¿Y después, si se consigue la publicación? El rechazo de los críticos, cuando bien le va a uno. ¿Dije “cuando bien le va a uno”? Sí, y no se trató de un lapsus: la mayoría de las veces los libros no suscitan ninguna reacción.
Ya no habrá, pues, publicaciones, ni reseñas, ni ausencia de ellas; tampoco esa lamentación por la escasa venta de los libros. Ya no habrá nada. O sí, puede haber: lo que desaparece es la preocupación. Y quizás el testimonio: ojos que no ven... Aunque eso todavía no lo sé.
Lo mejor de todo es, tal vez, ese desprendimiento de la vanidad: ¡fuiu!

Qué alivio, también, ya no tener que preocuparse por el calentamiento global. O por el agujero en la capa de ozono.

Supongo que les gustaría saber si es cierto eso que dicen de que cuando uno muere, atraviesa un largo túnel al final del cual hay una luz, o que se encuentra uno con los seres queridos que se le adelantaron, o que pasa nuestra vida entera ante nuestros ojos en unos cuantos segundos. Sí: ¿a quién no le gustaría saberlo antes? Que levante la mano. Pero no quisiera estropearles la sorpresa —y créanme que la hay. Además, no falta quien afirme que cada persona tiene una muerte distinta, esa experiencia no por temida menos placentera: la muerte grandota, el verdadero goce. O, bueno, al menos para mí así fue. Pero no voy a seguir deteniéndome en esto: al fin y al cabo, de lo que se trata es de una autobiografía. Así que pasemos a la parte bio propiamente dicha.
Nací en un pueblo de cuyo nombre no quiero, no puedo, no debo acordarme —ay, sí, ay, sí, esto ya parece canción de Juan Gabriel, a pesar de su primera y cervantina intención. Mejor lo digo: nací en el feo pueblo de San Mateo del Río, que algunos erróneamente consideran ciudad por el solo hecho de ser la capital del estado de Allende. Feo, sí, dije bien, quizás el más feo del país, y miren que hay de donde escoger: en el estado de Guerrero, vecino nuestro, abundan, pero también, ¿quién se atrevería a contradecirme?, en el norte (¡aquellos caseríos hechos tan al aventón!), en el centro (¡esos terregosos y fríos villorrios sin ningún chiste!), en el llamado sureste (¡esos absurdamente tórridos y húmedos e insalubres parajes!), en el occidente (¡esas sucias y pestilentes aldeas bicicleteras!), en el sur, en el oriente, en todos los puntos cardinales habidos y por haber, para donde quiera que uno vea encuentra fealdad. Pero nada como San Mateo del Río, también llamado, entre más veras que burlas, San Mateo el Feo. (¿Me cuesta trabajo entrar en materia? No. Lo que pasa es que hay muchas impresiones encontradas, muchas ideas dignas de consideración. No lo saben, claro, porque no están en mi lugar.)

Vuelvo a ti, pueblito mío; vuelvo a ti, pueblito de mierda, yo, que juré nunca regresar. Aunque, claro, esto ya no dependió de mí: más que regresar, me traen, ahora que no puedo defenderme, ni oponerme; me jugaron chueco: más pronto cae un cadáver que un hablador y que un cojo. (Bueno, pero juré nunca regresar a vivir aquí: puede decirse que cumplí mi palabra, si bien no faltará el listo que pregunte: “¿Y qué hay de la última morada?, ¿no es ‘morar’ sinónimo de ‘vivir’?”)
Había una película inglesa que se llamaba Yo fui feliz aquí. Muchos podrían suscribirlo: todos esos transterrados (y, desde luego, los que aún viven aquí) que se reúnen los jueves a comer pozole, ese alimento tan primitivo y tan burdo como la gallina pinta de los norteños, que tanto unos como otros veneran cual si del máximo refinamiento se tratara. Pues les grito un no rotundo a todos esos, por no decir me vale una chingada su opinión: ni me gusta el pozole, ni fui feliz aquí, donde sólo conocí desdichas: ¡pinche pueblo ramplón!

¡Y esa desagradable, asquerosa afición por el epazote, que a todo le ponen: a los frijoles, a los caldos, a los guisados! ¡Y ese apestoso gusto por el guaje y el quelite! (¡pueblo silvestre y yerbero, por decir lo menos!).

lunes 12 de octubre de 2009

Ventajas y desventajas

Si hubiera sabido que morirse era tan fácil, me habría muerto mucho antes. (¿Eh? ¿Cómo les quedó el ojo, amiguitos? Estoy seguro de que no se esperaban esta frase, aunque también estoy seguro de que no se esperaban ningún otro tipo de frase: al fin y al cabo, pocos son los que empiezan un libro sabiendo lo que van a leer. Y a propósito de libros, déjenme decirles que pueden contarse con los dedos de la mano aquellos en los que el narrador ya no está entre ustedes; más escasos aún —por el momento sólo pienso en Blas Cubas— son los libros escritos póstumamente: obsérvese, pues, hasta dónde llega mi compromiso con este hermoso cuan difícil arte, como alguna vez escribió una afamada periodista no sólo refiriéndose a mí, sino a la literatura en general, y pondérese la magnitud de mi empresa.)

Estoy aquí. Bueno, allá para ustedes, más allá, en el más allá. Para mí, simplemente aquí, en el más aquí, sólo un poco aquí, como decía el buen Netzi (se me perdonará la familiaridad, pero esto nos iguala a todos), un poco aquí, porque tampoco me voy a quedar aquí todo el tiempo, o no sé, aún ignoro muchas cosas de este estado, pero por lo pronto, estoy aquí, sólo un poco aquí, y para ustedes, allá.

Pasé a mejor vida, estiré la pata, colgué los tenis, entregué el equipo: no podría haberme sucedido algo mejor, ni siquiera una beca, ni siquiera un premio nacional. Pronto estaré ya alimentando a la milpa, como decía el buen Eliot. Brinco de gusto.

Difunto, bien petateado, tieso por completo (claro, eso de que brinco es metafórico: ¿o quizá debería decir “mi espíritu es el que brinca”?). Soy lo que se conoce como un muerto fresco, es decir, alguien que lleva pocas horas de haber ingresado en lo que los panteones llaman pomposamente la eternidad: ya saben, aquello de “Aquí se acaba...”, etcétera, etcétera. Eso sí, de paz y descanso nada, al menos hasta este momento: por el contrario, la actividad, aunque sólo sea en calidad de testigo, y los desplazamientos han estado a la orden del día: muertito y coleando. Y esto no parece que vaya a cambiar pronto.

Si hubiera sabido que estar muerto era tan placentero, me habría muerto mucho antes. Se aferra uno a la vida como si fuera la única opción, como si fuera lo único interesante, cuando es quizá lo peor que puede pasar (y si no, que lo digan todos los que me han precedido y los que se encuentran en la misma situación que yo; no es por darles envidia, amiguitos, pero cada vez sumamos más —aquí sí hay una verdadera explosión demográfica— y cada vez nos sentimos más contentos; en cambio ustedes, ¡qué solos se deben sentir y cuántas penalidades no estarán sufriendo —para no hablar de las que aún les faltan—! Si tuviera yo una agencia de viajes, no dudaría en recomendarles éste, el tan cacareado viaje sin retorno).

¡Qué alivio no tener ya preocupaciones económicas, no tener que hacer más declaraciones fiscales (aunque sean en ceros)! Sobre todo lo primero. Pero también lo segundo. ¡Y eso de pagar el teléfono cada mes, y la luz cada dos meses! ¡Y ver al contador para entregarle todas las notitas y facturitas que ha acumulado uno durante semanas para que se reduzcan un poco los impuestos! ¡Y dar vueltas y vueltas y hacer llamadas y llamadas cuando por fin le pagan a uno el dinero que con tanto sudor ha ganado y los otros con tanto celo han jineteado!
No sé si me gustaba o no la vida (tal vez al final de esta autobiografía póstuma podría hacerse un balance y llegar a una conclusión). Lo que sí sé es que me desagradaba sobremanera todo ese tipo de trámites, ante los cuales me sentía, en el mejor de los casos, perdido; en el peor, indefenso y desesperado.
Son muchas, pues, las ventajas de estar muerto. Y podría enumerar varias más.¿Desventajas? Por el momento no se me ocurre ninguna

sábado 10 de octubre de 2009

También escribió poesía Norberto Zamudio

Ninguna carrera de escritor está completa si no tiene un libro de poesía: pensemos en el buen Shakespeare, pensemos en el buen Victor Hugo, en el buen Heine; pensemos en casi todos los escritores de la Edad Media y en muchos de los Siglos de Oro, que se expresaban principalmente por medio del verso, pero también pensemos en el buen Borges, en el buen Bowles y muchos otros, como ellos, más cercanos a nuestros días. Yo no podía ser la excepción, y asimismo abordé, como ya saben mis pocos aunque fieles lectores, el sublime arte de la poesía.
Una prestigiosa institución cultural de nuestro país, la misma que no se tomó la molestia de pagar una inserción en el periódico con motivo de mi muerte, tuvo a bien publicar mi libro Todo sobre todas las cosas en una colección dedicada a los escritores de provincia. Fue la única ocasión en que me sirvió de algo haber nacido en mi ahora menos detestado pueblo rabón (si no cuento los honores y homenajes de que aún estoy siendo objeto).
Como nadie ignora, Todo sobre todas las cosas constituye una ilustración de mi propia poética, pero es, además, mi Weltanschauung, no sólo en materia de literatura, sino en todo lo que puede caber en una Weltanschauung: de ahí el título un tanto ambicioso del libro. No se trata, por supuesto, de una simple recopilación de poemas: Todo sobre todas las cosas es un poemario orgánicamente estructurado en torno a la visión del poeta y a la esencia poética de la realidad. Sí, un proyecto de envergadura, del que (debo confesarlo, sin falsa modestia) salí bien librado. El único problema fue que, dadas las características de la colección en que fue editado, tuve que dejar fuera muchos poemas (¡ojo, aves de rapiña!, o sea, ¡ojo, editores!).
Sólo voy a transcribir aquí unos cuantos poemas que no se incluyeron en Todo sobre todas las cosas, para que puedan conocerlos mis p. aunque f. l. y todos aquellos que no carezcan de sensibilidad poética.

¿CÓMO PUEDO SER PRESUMIDO?

¿Cómo puedo ser presumido
Si no tengo
La voz ni la gracia
para cantar de Nara Leão?

¿Cómo puedo ser presumido
Si no hablo
Ni la quinta parte de las lenguas
Que hablaba sir Richard Burton
Y sólo sueño en español?

¿Cómo puedo ser presumido
Si no he filmado
Ni diez minutos
De una película de Fassbinder,
Para no hablar de Fellini, Bergman y Buñuel?

¿Cómo puedo ser presumido
Si existen las canciones de Caetano Veloso y Chico Buarque
Y no compuse ninguna de ellas?

¿Cómo puedo ser presumido
Si ahí están
La montaña mágica,
Tristram Shandy
y Gargantúa
para dar testimonio de mi mediocridad?

¿Cómo puedo ser presumido?
¿Cómo? ¿Cómo?
Y sin embargo lo soy
Porque existe en cada artista
Una palabra que rima: narcisista.


SANTIDAD

Pocas cosas
Me llevaré de aquí;
Entre ellas,
El recuerdo
De haber visto en persona
Luchar a El Santo.


RILKE

Dice el poeta:
“Was du erlebt,
kann keine Macht der Welt dir rauben.”
Me permito corregirlo:
“Was du geschrieben hast,
kann keine Macht der Welt dir rauben.”


INCORRECCIÓN
Sí,
Quizás “echar de menos”
Es más correcto que “extrañar”,
Pero este último verbo,
De uso menos general,
Parece traducir mejor
Lo que siento:
El mundo es extraño
Si no estás.
O yo me siento extraño.


DINERO
¿Hacer las cosas por dinero?
Ni que fuera gatillero.


LO QUE NO SERÁ
Nunca veré una aurora boreal,
Ni asistiré a una milonga en Buenos Aires.
No veré una nevada,
Ni viajaré jamás en el Expreso de Oriente.
Lo más probable es que tampoco
Me inviten a una ceremonia de los Óscares,
Ni que vea, así sea sólo una película
(o ni siquiera eso: un cortometraje)
en Cannes, durante el festival.
No cenaré jamás en compañía de gente de la talla de Peter Handke, Ewan McGregor o Lars von Trier (eso suponiendo
Que les guste asistir a cenas).
Nunca viviré los días largos del verano
En los países nórdicos.
Nunca sabré en qué consiste
La “deselegancia discreta”
De las niñas de São Paulo.
No conoceré el fulgor
De la luna de Alabama,
Y tampoco
El brillo de la luna de Bilbao,
Para no ir más allá de Brecht.
No tendré unos instantes
De recogimiento en la Recoleta
(La aliteración es buscada),
Y menos aún en el Père Lachaise.
No veré una puesta en escena londinense
Con Ralph Fiennes
A la cabeza del reparto.
No probaré jamás
Los helados Copelia de La Habana,
Ni llegaré a alojarme
En el hotel Georges V de París.
Y todo parece indicar
Que nunca veré la Estrella del Sur
Desde donde hay que verla.
Nunca pasearé,
En Río de Janeiro,
Por la avenida Atlântica.
Ni visitaré los extremos lusoparlantes
De Angola y Mozambique.
Nunca, nunca, nunca,
Hay cosas que nunca podré hacer.
Y sin embargo no me quejo:
Todo eso y más
Me han dado el cine, la música y los libros.


CUALQUIER PENDEJO
Cualquier pendejo
Publica fuera de México.
Cualquier pendejo
Es traducido y citado.
Cualquier pendejo
Es entrevistado y homenajeado.
Sólo tú, eximio,
Ex simio
(Pero ex simios somos todos,
si nos ponemos darwinianos),
Adornas tus coronas de laureles
Con ninguneos y desprecios.


REGALO
Arrancarle un suspiro
A un joven
Que acariciamos por accidente.


PAVESE
“Lavorare stanca”,
Decía Pavese.
También podría haber dicho
(Y seguramente fueron sus últimas palabras):
“Vivere stanca.”

sábado 12 de septiembre de 2009

fragmento de mi novela inédita "Autobiografía póstuma"

Los escritores generalmente no leemos: estamos demasiado ocupados, cuando no ganándonos la vida para mal comer, escribiendo.

Si me preguntaran en alguna entrevista mi opinión sobre los escritores contemporáneos, contestaría que mi formación es muy deficiente y que los desconozco: apenas voy en el Renacimiento.

No puedo preocuparme por el mañana, porque ni siquiera sé si tendré un mañana.

El poder corrompe, así sea el de un empleado tras una ventanilla, el de una cajera tras un mostrador, el de cualquier funcionarillo de cultura.

La fe es un tesoro, acaso el más grande. El que la tenga, que no la ostente: es de mal gusto, como ostentar las riquezas.

¿Qué vuelve clásico a un clásico? Quizá sólo la capacidad de resistir al paso del tiempo. Pero si en la literatura, un arte de la permanencia, hacen falta por lo menos cien años para hacer de un autor un clásico, en el cine, un arte de la velocidad, bastan veinte años para solidificar el prestigio de un director. Así, podemos llamar clásicos a Fellini, Visconti y Pasolini (¿qué tendrán los italianos, que son tan propensos a la genialidad?), pero ahora también a Fassbinder, a Herzog, a Schroeder (¿qué tendrán los alemanes...?). El resto, que se lo coma el tiempo, ese devorador de famas (y, por lo demás, también de cronopios, como dijera el buen Cortázar).

El que espera, desespera; pero más desespera el que no espera nada.

Hay mucha competencia entre los críticos literarios: siempre está uno tratando de demostrar que puede ser más bruto que el otro. (No me refiero, desde luego, a los que escriben ensayos sobre libros, sino sólo a los reseñistas, que tienden, como todos los tontos, a sobrevalorarse.)

Puedo vivir con limitaciones económicas, incluso en la extrema penuria, pero gracias a la literatura, puedo vivir al mismo tiempo en la suntuosa corte de los Médicis, y conocer el lujo y la belleza con mayor detalle que si estuviera ahí. ¿Quién que no haya leído Bomarzo, del buen Mujica Lainez, podría saber cómo se vive realmente en los palacios? ¿Quién que no lea puede entrar en contacto con el verdadero esplendor? Apenas tienen atisbos de lo que consideran elegante, como el repartidor de pizzas que echa una mirada furtiva a la casa del nuevo rico donde entrega su mercancía.

Poca veces me han entrevistado, pero en esas ocasiones he sufrido la humillación de tener que explicar, y hasta justificar, mi propia obra. No obstante, también les he infligido a los reporteros una pequeña, inocente afrenta: la de salirme por la tangente. Así, ante una pregunta sobre el tema o la trama, he respondido con consideraciones formales, y ellos ni cuenta se han dado. (Pero, entonces, ¿cómo puedo pensar en haberme vengado?)

Como amigo, suelo ser bueno; como enemigo, soy feroz: no les hago el menor caso a mis adversarios.

Freud is a fraud (y si ya lo dijo alguien antes –cosa que no dudo--, perdón: los lugares comunes son irresistibles).

Dicen que, como la muerte, la escritura es una actividad en la que se está solo. Yo no: me acompaña casi siempre Chaikovski.

De todos los escritores que he leído, guardo excelentes recuerdos. Pero los más gratos son los de los escritores que me han hecho reír: se me figuran amantes que, además de su cariño, me han dado regalos costosos. Pienso en Rabelais, en Fielding, en Sterne, en Voltaire, en Diderot, en Thackeray, en Quevedo, en Chaucer, en Boccaccio, en el Arcipreste de Hita, pero también en los anónimos autores de Las mil y una noches y en los no siempre anónimos autores de fabliaux y otros relatos medievales.

Siempre tuve el gusanillo de dirigir cine, aunque para gusanillos, los que algún día invadirán mi cuerpecillo.

¿Otra ventaja de leer a los clásicos? Que los podemos saquear impunemente: citarlos in extenso, adaptarlos a otros medios, imitarlos, plagiarlos, inspirarnos en ellos, traducirlos sin pagarles regalías, etcétera, y ninguno de esos dadivosos amigos nos va a demandar. (¿Y si algún crítico nos cacha en la movida? Vana preocupación: los críticos no leen a los clásicos: están demasiado ocupados hojeando –que no leyendo— las novedades literarias para escribir –bueno, es un decir— sus reseñas.)

No sólo nos volvemos misántropos con el paso del tiempo y toda la gente empieza a caernos gorda; también a todo el mundo le da por detestarnos.

A Borges le hizo bien la ceguera: lo volvió un clásico, no sólo porque lo emparentó con Homero, sino porque depuró su estilo. Basta comparar la prosa de sus cuentos tempranos (acaso verbosa), que seguramente escribió y leyó y releyó para corregirla, con la nítida prosa de sus últimos textos, que no tuvo más remedio que dictar. Todos salimos ganando.

Si, como dice el buen José Emilio Pacheco, la relación más íntima que puede darse entre dos seres humanos es la de autor-lector, ¿para qué necesita uno embarcarse en otras relaciones casi siempre problemáticas y de lucha por el poder (que es en lo que terminan la mayoría)?

Al ver mi vida en retrospectiva, me doy cuenta de que las tres cosas más importantes han sido dos: la escritura. (Se me perdonará el chistecito, que parece fácil, pero es que a medida que iba redactando la frase, iba eliminando las menos importantes, la lectura y el cine, para quedarme sólo con lo más definitivo y duradero: la prueba está en que sigo escribiendo, mientras que, debido a la crisis, hace tiempo que no compro libros ni voy al cine.)

Algunas incorrecciones que no dejan de ser graciosas (¿todas lo son, en mayor o menor medida?): para diferenciarlas de las enfermeras, que saben administrar medicamentos, ya sea por vía oral, intravenosa, o cualquier otra, se ha dado en llamar a las mujeres que cuidan y asean a los ancianos y les cambian los pañales desechables “cuidadoras seniles”, lo cual parecería un término correcto y hasta aséptico. Pero ya pensándolo bien, podría uno preguntarse de qué sirve una cuidadora senil, es decir, una ancianita que se dedica a cuidar a otro, sea joven o viejo, ya que el calificativo se aplica a ella. Lo mismo (es decir, la misma gracia) podemos encontrar en la expresión “mujeres sexualmente abusadas”, o niños: ¿se refieren a las mujeres (o niños) que se ponen abusadas a la hora del sexo, que tienen una inteligencia especial para esa actividad, o que simplemente cobran por sus favores sexuales? Igualmente, cabe preguntarse: ¿Un fumador pasivo es aquel que sólo fuma mientras se lo cogen? Et ainsi de suite.

Si algo debo agradecerles a mis padres, es que no hayan sido famosos, que no hayan abrazado la carrera del arte: ¡qué chinga habría representado ser hijo de Genet, de Van Gogh, de Fellini! ¡Cómo superarlos, cómo tan siquiera igualarlos! Por algo muchos de los grandes genios no dejan descendencia tras de sí: una especie de selección natural: aquí se acaba la estirpe. Si es verdad que el buen Klaus Mann se suicidó, algo de culpa debió tener su célebre padre.

Es cierto que las cucarachas son muy inteligentes y que poseen una gran capacidad de adaptación, pero que puedan sobrevivir, como se ha dicho, a un holocausto nuclear es una mentira infame. Seguramente se trata sólo de un rumor propalado por las mismas cucarachas. ¿Con qué fin? Para que les temamos. O quizá para humillarnos y vengarse de sus hermanas, que han muerto mil y una veces a lo largo de la historia bajo la suela de nuestros zapatos.

La Academia de la Lengua es como Hacienda: a cada rato nos atosiga con nuevas disposiciones: que siempre sí, que siempre no. Se trata de chingar, no de simplificar. Ahora resulta que ya se puede decir “inclusive” en lugar de “incluso”, que hay que acentuar las palabras en latín, que... Lo que ignora la susodicha Academia es que los escritores (y, por lo demás, los hablantes) hacemos con la lengua lo que se nos da la gana, y que somos los escritores (o los hablantes) quienes le damos sentido y calidez a la susodicha lengua. A la Academia, no le queda más remedio que apechugar y tratar de reglamentar y fijar las innovaciones que nosotros ya hicimos antes. Nosotros (escritores y hablantes) disfrutamos del banquete, por así decirlo; la Academia, en cambio, recoge los trastes cuando ya terminó la fiesta. Quizás a eso se refiere cuando dice que “limpia, pule y da esplendor”.

No tengo ningún empacho en decir que prefiero a los imitadores del buen Cervantes que a Cervantes mismo: Joseph Andrews, escrito a la manera de Cervantes, del buen Fielding, es infinitamente superior y más divertido que cualquiera de las a veces farragosas novelas del célebre Manco; Jacques el fatalista, del buen Diderot, supera en comicidad y en maestría estilística a El Quijote, que le sirvió de inspiración, y nadie ignora que la versión de El Quijote hecha por Pierre Menard es más ingeniosa y, si se quiere, cervantina que la del mismo Cervantes. ¿Significa esto que desprecio al buen don Miguel? No, para nada, y no dejo de reconocer que a veces tiene su gracia. ¡Pero, hombre, de eso a endiosarlo como lo endiosan todos! ¡Ya bájenle!
Y ya que en ésas estamos, diré algo que puede parecer una herejía, casi casi un crimen de lesa literatura, pero aun así lo digo y lo sostengo: no me gusta Proust; no sólo eso: lo considero un pésimo escritor: aburrido, insulso, con un estilo indigesto, abigarrado, todo lo contrario del buen Gide, por poner un ejemplo (en mi opinión, hizo bien éste en rechazar el manuscrito de aquél, lo que muchos no le han perdonado). Además, ¡cuánto daño le ha hecho a la literatura! ¡Cuántos escritores no se han sentido, después de él, autorizados para hablar de sus insípidas infancias! ¡Como si escribir sobre la propia abuelita y sobre ciertos olores tuviera algún mérito literario!

Me desagrada el consumo. Y uso la palabra en sus dos sentidos: el del desgaste de las cosas y el de la compra: no bien se acaba algo, cuando ya hay que reponerlo: medicinas, cigarros, comida, ropa (con menos frecuencia), muebles (id.), café, té, o lo que tome uno, azúcar, jabón, pasta dental, detergentes, recibos de honorarios (o éstos aunque no se acaben: basta con que venza su fecha de caducidad, con esa modita pendeja que le ha dado a Hacienda por exigirla), desodorantes, agua purificada, aparatos, etcétera, para no hablar de las muelas, los ojos y demás partes del cuerpo cuyo deterioro hay que compensar de alguna manera.
¿Y los libros, y las películas que compra uno (o las idas al cine)? Bueno, eso es lo contrario del consumo, pues no implica gasto (o únicamente un gasto mínimo): es tan sólo una manera de enriquecerse, la más agradable de todas y la menos condenable.

¡Cuántos hay que se enorgullecen de sus conocimientos! ¡Como si les hubiera costado trabajo adquirirlos (¿no se supone que la lectura y el estudio son placenteros?)! ¡Cuántos escritores se ufanan de su literatura, como si se tratara de un logro propio, y no de un don! Por lo demás, una gran cultura sólo puede tener como consecuencia la humildad: sí, escribo mis cositas, pero comparadas con lo que hacía el buen Flaubert, caray, hombre, hasta me sonrojo por la sola idea de dicha comparación. Sí, dirán otros, hago mi musiquita, pero no puedo ignorar que antes de mí existió Bach, maestro de todas las formas. Et ainsi de suite: mis cuadritos, mis esculturitas, mis peliculitas... Todo artista debería ponerse, aunque fuera por un momento, al lado de los grandes: ¡ya veríamos si no salían un poco más humilditos! La vanidad estética, el orgullo, sólo puede provenir de la ignorancia.

¡Cuánta pobreza la de quienes hacen las cosas sólo por dinero!

Siempre me han parecido un poco tontos los pesimistas, en la medida en que únicamente ven una parte de la realidad, la más pinchona. Si a eso le añadimos que contaminan a los demás con sus quejas y sus previsiones catastróficas, entonces resulta que además de pendejos, son nocivos.

Si la historia de la literatura se hubiera detenido en 1616, nos habríamos quedado “tan sólo” con Rabelais, con Shakespeare, con Montaigne, con Cervantes: ¿habría hecho falta algo más? Todos los géneros, todos los estilos, todos los temas estaban ya ahí. (Y eso que dije antes de que no me gustaba tanto Cervantes no significa que no le reconozca sus méritos, entiéndase bien: después de todo, tenía su chiste el buen manquito.)

El consumo: la alegría de los simples.

Estaba con una mano atrás y otra adelante, pero no porque su pobreza fuera extrema, sino porque se estaba masturbando doblemente, por el pito y por el culo.

El deseo no vale gran cosa: dura mientras dura. Muchos años deseé tener 8 ½ en video, aunque ya la había visto repetidas veces en el cine. Y la tuve. Y sólo volví a verla una vez más. ¿Por qué? ¿Descubrí sus inexistentes defectos? ¿Me pareció aburrida? Nada de eso: simplemente dejé de desear verla porque la tenía. Pasa lo mismo con las ediciones de lujo, con los cuerpos ajenos, con los viajes, con los aparatos sofisticados: una vez que se obtiene el que deseábamos, ya estamos buscando otro: el corazón nunca tiene llenadero.

El verdadero escritor es aquel que puede soportar con paciente y digna entereza la posibilidad de tener varios libros inéditos, o, mejor aún, varios libros abortados. Al otro, al que se muere por publicar y atosigar al mundo con sus escritos, más bien habría que llamarlo un publicador.

sábado 31 de enero de 2009

Souvenirs, souvenirs

Luis Zapata
Para Juan Carlos Moctezuma

1.
Al principio, sólo existía el cine.
A los poblados pequeños, no llegaba la televisión; el itinerante Teatro Tayita sólo iba de vez en cuando; no había teatros, bibliotecas, librerías, ni mucho menos Internet. Música, sólo la de la banda municipal, los jueves y domingos.
Claro que sí había tiendas de discos, que entonces se llamaban discotecas, y también periódicos y revistas: del hogar, de política, de consultas sentimentales (la Doctora Corazón, por ejemplo, es chilpancingueña, cosa que muchos ignoran –y hasta es posible que ignoren también quién era la antaño famosérrima Doctora--, y hermana de María Luisa Ocampo), de chistes, de nota roja, fotonovelas, cómics, revistas de cine, estas últimas en blanco y negro, o sepia, o con selección de color, o en tinta verde.
En Figuras, aparecía cada semana una película mexicana, primero con dibujos hechos a partir de las escenas; luego, con fotogramas. Los púberes cinéfilos (que no canéforos) nos relamíamos el incipiente bigote con una emoción anticipada: ¿cuánto tardarían en llegar esas películas al pueblo en que vivíamos?
Contra lo que pudiera pensarse, el Chilpancingo de mi infancia y parte de mi adolescencia tenía una cartelera cinematográfica que ahora nos parecería envidiable: aunque sólo había dos cines, la programación cambiaba cuatro veces por semana, sin contar las matinés de los domingos. El programa era doble, salvo los sábados en el cine Guerrero, que era triple, como si los programadores nos dijeran, sin usar esas palabras “Ahora vamos a organizar un ciclo de Antonio Aguilar.”
También llegaban películas europeas, sobre todo al cine Colonial, que exhibía sólo cine extranjero, muchas veces para adultos: por mi edad, nunca pude ver Los amantes, Los primos, ni ninguna protagonizada por Brigitte Bardot. Vi, desde luego, La guerra de los botones, en cuyo tráiler un niño impaciente preguntaba a cada rato “Et puis quoi?”, y La rosa de sangre o algo así, una película francesa, a color, de la cual no he vuelto a saber nada (sólo que es de Vadim, el director más célebre por sus matrimonios que por sus películas: Bardot, Deneuve, Fonda), pero que debió gustarme más que La guerra... Trataba sobre vampiros, un tema que me fascinaba y me aterraba a la vez.
En Acapulco, en cambio, vi algunos años después Cul de sac, y creo que todos nos enamoramos de Françoise Dorléac.
Mi papá, complaciente con todos mis caprichos infantiles y adolescentes, me llevó en dos ocasiones a Acapulco, para ver algunas películas de la Reseña Mundial de Festivales Cinematográficos, cuya sección oficial se realizaba en el Fuerte de San Diego; la informativa, en el entonces enorme y congelado Playa Hornos.
Nos hospedábamos en el hotel Playa Suave, a unas cuantas cuadras de la taquilla del Fuerte, donde había que hacer colas en las mañanas para asegurarse la entrada a la función nocturna, cuando el Fuerte, con todo y escaleras de piedra, se iluminaba con antorchas: al igual que en la película de Scola, la palabra “esplendor” puede usarse frecuentemente como sinónimo de cine.
Ya dije que en la Reseña vi Cul de sac. No sé si me gustó, y aún no sé si me gusta el cine de Polanski, lo cual constituye en cierta forma una herejía. Tampoco recuerdo bien la trama; sólo el rostro de Françoise Dorléac. Estaba atrapada en una isla con Donald Pleasence, el mismo que intentaría violar a Angélica María unos años después, en To Kill a Stranger. Finalmente, el extraño que resultaba muerto era él.
También de la Reseña, pero dos años después, me gustó mucho Je t’aime, je t’aime, de Resnais. La presentó Manolo Fábregas, y pronunció el nombre del director así: “Alán René”. Yo entonces todavía no estudiaba francés.
Pero cuando ya estaba en la UNAM, me pasaba con Resnais lo mismo que con la Duras: no sabía si se pronunciaba la S. Aún ahora dudo. (Más por esa razón que por otras igualmente válidas, siempre los asocia mi memoria.)
Vi también, en esas dos reseñas a las que fui con mi papá, La batalla de Argel, Doctor Zhivago, Inocencia sin protección, y, en la sección informativa, El estrangulador de Boston, Julieta de los espíritus, una canadiense con Geneviève Bujold y, ya fuera de la Reseña, pero también en Acapulco y en esos días, Cinco de chocolate y uno de fresa, con la refulgente Angélica María, en el cine Variedades. La Novia de México no estuvo presente en ninguna de las funciones a las que asistí, pero es posible que su mamá, Angélica Ortiz, sí haya ido, sólo para asegurarse de que el proyeccionista pasara la copia como tenía que ser y para ver las reacciones del público en ese preestreno: después de todo, ella y la Novia estaban arriesgando su dinero con la compañía productora que acababan de fundar.
Cinco de chocolate... me dejó apantalladérrimo, no sólo por la deslumbrante presencia de Angélica María en su mejor momento (pero ¿ha tenido alguno malo?). También me divirtieron mucho los diálogos de José Agustín, acaso el verdadero autor sin crédito de la película, y las canciones, mitad burla mitad homenaje a Los Impala, Piporro, la misma AM, con música de los Dug Dugs.

2.
Dos veces llegué a ir con mi papá a la Reseña, en la que no sólo me daba vuelo viendo películas que en Chilpancingo probablemente nunca exhibirían; también pedía autógrafos a quien se dejara y tomaba fotos con mi camarita instamátic a esa “constelación de luminarias”, tanto a las incipientes como a las consagradas, y a aquellas cuya época de mayor gloria ya había pasado: Rita Tushingham, Ofelia Medina, Leticia Robles, Mireille Darc, Rosita Arenas... Mi dolido corazón de cazautógrafos aún recuerda a quienes lo rechazaron: Gina Lollobrigida, que llegó enguantada y de paso rápido, como andan las celebridades, rodeada de guaruras y de —supongo— gente importante; Julissa, quien, también de paso rápido, sólo contestó “Ahorita no puedo”, y siguió caminando escoltada por los cuatro Caifanes de la película que presentarían esa noche; Dolores del Río, en compañía de otras afamadas figuras del cine nacional, y que no dijo ni sí ni no: ni siquiera me volteó a ver.
Todas las demás eran amables y hasta accedían a retratarse con uno (para eso estaban, piensa uno ahora), como hacían las del Festival de Cine Francés, que se llevó a cabo durante cuatro o cinco años también en Acapulco, aunque con más organización en lo tocante a la petición de autógrafos y fotos del recuerdo, y menos calidad en la selección de películas.
No recuerdo a qué horas se iniciaba la venta de boletos en la taquilla del Fuerte, pero sí que llegaba uno a las ocho de la mañana, o antes, y ya había una pequeña fila de fanáticos del cine o del mitote, que iría creciendo en el transcurso del día hasta agotar el boletaje, lo que no tardaba mucho en suceder. Valía la pena el suplicio de estar al rayo del sol algunas horas por la certeza de que en la noche, y al aire libre, uno vería las películas que acababan de premiar en los festivales más importantes, codeándose con las más renombradas estrellas, aunque esto de codearse es un decir, pues el público se sentaba en una especie de gradería, mientras que los Verdaderos Protagonistas de la Reseña y los invitados ocupaban los asientos más cercanos a la pantalla; eso sí, todos entrábamos por la misma puerta con puente levadizo, como corresponde a una fortaleza, y veíamos la función cobijados por la cálida noche estrellada, porque en esos tiempos el otoño no era época de ciclones.
La Sección Informativa era, en cambio, más democrática: aparte de que no se cobraba el ingreso, ahí sí todos mezclados nos sentábamos en la enorme butaquería del cine Playa Hornos, por las mañanas, y no era insólito descubrir, al terminar la proyección, que nuestros compañeros de asiento habían sido, por un lado, Sara García, y, por el otro, Tony Curtis.
¿Qué películas vi en esas tan atípicas matinés? Entre otras, Julieta de los espíritus, La guerra y la paz, El estrangulador de Boston y una canadiense con Geneviève Bujold cuyo título no recuerdo.
El cine Playa Hornos parecía entonces tan grande, tan limpio, tan fresco.

3.
Cuando nos cambiamos a Cuernavaca, mi vida de cinéfilo mejoró aún más, pues el cine club de Bellas Artes presentaba cada semana películas francesas en 16 mm. Vi en el IRBAC, Ascensor para el cadalso, Rojo y negro, La belleza del diablo, Pickpocket, y muchas más. Y, en el cine comercial, Bella de día, Besos robados, Los cuatrocientos golpes, Los paraguas de Cherburgo, esta última en compañía de mi amiga Rita Armenta, que torcía la boca cada vez que los actores empezaban a cantar (es decir, toda la película).
Pero lo verdaderamente decisivo, no sólo para mí sino también para muchos otros cinéfilos, fue el descubrimiento del cine de Jean-Luc Godard, verdadero maestro no reconocido de Peter Greenaway, del grupo Dogma y quién sabe de cuántos más.
La primera película de Godard que vi fue Pierrot el loco. Me sucedió lo mismo que con Ocho y medio: tuve la sensación de estar ante un fenómeno fílmico que no alcanzaba a comprender del todo, pero que me resultaba deslumbrante. Se lo comenté a mis compañeras Clara y Josefina, que estudiaban conmigo en la Escuela de Comercio y Administración. “Tienen que verla”, les dije, “es otra cosa”. Clara y Josefina aceptaron mi sugerencia, pero no les gustó. Yo, en cambio, como en el caso de Ocho y medio, volví a verla al día siguiente, y no miento si digo que la disfruté aún más: ya en esa segunda vez, no me choqueaba el hecho de que una persecución fuera interrumpida para presentar un número musical: “Ta ligne de hanche”, cantaba Belmondo, y respondía Ana Karina, “Ma ligne de hanche”.
Vi muchas películas más de Godard: Iban por lana (Bande à part), Sin aliento, Masculino-femenino, Dos o tres cosas que sé de ella, El desprecio, etcétera. Se convirtió en mi ídolo. Y sigue siéndolo.
También en Cuernavaca empecé a estudiar francés. Mi maestro era Roger Serra, quien resultó guionista de La manzana de la discordia, de Felipe Cazals, y autor de varias novelas de anticipación, publicadas con éxito en Estados Unidos y Francia. También había sido novio de mi amiga Angelina, otra francófila de corazón, y mi asesora de tesis.
¿Para qué quería yo aprender francés? No se me antojaba dar clases. Viajar a Francia se me hacía algo imposible entonces. Es probable que me haya metido a ese curso con la frívola finalidad de poder leer revistas en francés. En cuanto supe dos o tres conjugaciones, comencé a comprar revistas, ésas tan bien impresas que se vendían en la Kodak de Cuernavaca, con fotos de Romy Schneider, Jeanne Moreau, Delon y Belmondo en la portada. No recuerdo cómo se llamaban las revistas (no creo que llegara Cahiers du cinéma, y Première sólo la conocí en los ochenta), pero sí que satisfacían por completo mis necesidades de fan. Me encantaba Annie Girardot. También Mireille Darc, Françoise Dorléac, Marie-France Pisier, que había venido a la Reseña de Acapulco y que luego se convertiría en escritora de éxito. Y la Deneuve, por supuesto: más que todas.

4.
Ya en la década de 1990, en el Primer Festival de Cine Francés, que se realizaba en Acapulco, descubrí entre el público, mientras esperábamos para ver una de las películas con las luces del cine aún encendidas, un rostro inconfundible. Le dije a José “Mira, ahí está Catherine Deneuve.” “¿Cómo crees?”, contestó él, desde su natural escepticismo. “Sí”, le dije, “es igualita a Françoise Dorléac. No puede ser otra.”
En efecto, esa tarde, antes de la inauguración oficial, la Deneuve iba “de civil”, con un discreto traje sastre (seguramente Chanel) y el pelo lacio, hasta los hombros. No recuerdo si la presentaron en ese momento, pero a la hora de la inauguración, llegó convertida en lo que es: una de las máximas estrellas del cine. Como tal, borró a todo el mundo, envuelta en un vaporoso vestido de gasa verde y con el pelo recogido.
Mi amigo Raúl Soto, que entonces tenía un puesto importante en el Centro de Convenciones, me preguntó si quería que me consiguiera una entrevista con la Deneuve. Le dije que no: ¿qué se le puede preguntar a un mito? Ante ellos, hay que quedarse a una prudente distancia, observar el halo que despiden y quizás pedir un deseo, como se hace cuando cae una estrella fugaz. Sólo que estas estrellas no son fugaces: encuentran su sitio permanente en la memoria colectiva.
Con los mitos hay que actuar como con las ciudades por las que uno siente fascinación: no frecuentarlos. Es por eso que quizás nunca iré a Río de Janeiro. También por lo mismo me resistí varias veces a conocer a Angélica María, ídolo máximo desde mis once años: alguna vez me invitaron, de su parte, a ir a un programa que ella hacía en el canal 13, y no me latió mucho la cosa. En otra ocasión, María Rojo me pidió que fuéramos a la casa de Angélica para plantearle un proyecto teatral. Tampoco esa vez fuimos, porque me enfermé de gripe.
Dicen que la tercera es la vencida. En el caso de Angélica María, sí lo fue. O, mejor dicho, el vencido fui yo, que caí subyugado ante su simpatía, su inteligencia, su capacidad de dar afecto. En este caso, la persona superaba al mito.
Angélica María encarna el prototipo de la amabilidad. Es sorprendente la manera en que trata a la gente que se le acerca o que está cerca de ella. La noche en que dio una cena para mil invitados con motivo de sus cincuenta años de actriz, recorrió todas las mesas del enorme salón, saludando uno por uno a todos los asistentes. De más está decir que la única que no cenó fue ella. No pareció hacerle falta, acaso porque su principal alimento proviene del cariño que la gente le tiene: a pocas figuras del espectáculo el público siente como si pertenecieran a su familia. Lejos de apagarse ese amor, ha aumentado con los años, pues no sólo se le acercan quienes han visto sus películas y escuchado sus discos: ahora también los jóvenes, cuando la descubren en el vestíbulo de algún teatro o en algún restaurante, la saludan, le dan un beso o le piden su autógrafo. Ella los besa, los acaricia en la mejilla, y la sonrisa que ilumina el rostro de ese icono entrañable los contagia, pues se van luego con un brillo en la mirada que antes no tenían, como si hubieran visto una aparición: “la angelical Angélica María”, como decían los locutores y periodistas sesenteros.
Acapulco, 2000 – Cuernavaca, 2007
(Este texto forma parte del libro Souvenirs, souvenirs, incluido en el volumen colectivo Triple función, Editorial Quimera, 2007)