martes 1 de diciembre de 2009

Como sombras y sueños

Orlando Barreto escribe:
En este momento, ahora, en la actualidad es diferente, no me sucede lo mismo, pero sólo en el presente, antes, en cambio, no en el mucho antes, sino en el antes de hace poco, en el antes de hace algunos años, pocos quizá, escribía, siempre a mano, aunque eso todavía lo hago en el ahora, lo estoy haciendo en el ahorita y lo hacía en el antes de hace mucho, pero en el antes de hace poco escribía también a mano, la diferencia es que en el antes de hace poco, y en el mucho antes de hace mucho, escribía y la escritura como si dijéramos me llevaba, agarraba como si dijéramos su propio vuelo y las palabras caían como si dijéramos donde tenían que caer, casi casi como si dijéramos se escribían solas, al menos durante un rato, un rato muy rato, o un rato muy poco rato, pero como quiera un rato y me quedaba contento y todavía escribía una que otra anotación, uno que otro fragmento que me iba a servir para el poco después, o el mucho después, o incluso el poco antes o el mucho antes de la novela y la sensación era de lo más agradable, como si me dijera que estaba cumpliendo con mi como si dijéramos destino y luego, en el poco después, en el muy poco después, mecanografiaba, pero eso en el muy antes y luego en el poco después mecanoelectricografiaba y en el un poco después y acaso más capturaba lo que había escrito en el poco antes y hacía algunas correcciones mientras iba pasando lo que había escrito en el poco antes y encontraba alguna palabra que parecía funcionar mejor y luego, en el antes no muy lejano y en el antes más o menos cercano y en el antes más cercano, jalaba yo la hoja de la máquina o salía ella sola o imprimía lo que había escrito en el poco antes y la ponía junto a lo que había escrito y mecanografiado o mecanoelectricografiado o capturado y veía como si dijéramos con gran satisfacción cómo se iba formando un pequeño montoncito de hojas, que luego, en el poco después y más en el después y mucho más en el mucho después, iba formando un montoncito ya no tan pequeño, que luego, en el mucho muy después, era ya una novela, a la que le faltaban claro muchas correcciones, que haría yo en el poco después o en el mucho después y a veces hasta en el inmediatamente después, eso no importa, lo que sí importa es lo que pasaba antes de que estuviera formada ya la novela con su forma formal de novela novelada en el mucho después o en el muy mucho después, me gustaba leer lo que había escrito en el casi inmediatamente antes o en el inmediatamente antes y cambiarle una coma por un punto y coma, un punto y coma por un punto, una palabra por otra palabra, una frase por otra frase, quitar una línea y a veces hasta un párrafo y me gustaba en el no muy antes volver a mecanografiar o a mecanoelectricografiar lo que había escrito en el muy poco antes o capturar ya en el poco antes las correcciones de las páginas impresas en el muy poco antes y verlas más o menos limpias y volver a leerlas
Era como una especie de enamoramiento
Y las cosas tenían sentido, todo tenía entonces sentido, aunque fuera por un momento en ese momento del poco antes pero no muy poco antes, una especie de enamoramiento en el que lograba como todo enamorado ignorar los defectos, los posibles defectos, los seguros defectos de lo que había escrito en el poco antes o como si dijéramos en el muy poco antes y ver como si dijéramos sólo las cualidades, o hasta creer que los defectos eran cualidades como todo enamorado, o no sé si decirlo así, porque ni había como si dijéramos un juicio de valor, sino sólo un decir esto me gusta, o no, tampoco era como si dijéramos un decir sino más bien como si dijéramos un sentir, un sentir esto me gusta, aunque no sé si decir me gusta traduzca la sensación, que en todo caso era como si dijéramos más sin palabras, más como si dijera este soy yo, o esto es y está bien, o no sé, en todo caso era agradable, o más que agradable, como cualquier enamoramiento, era como si dijéramos una especie de gracia, una como si dijéramos bendición, que así nomás se había presentado, o casi, sin que yo la buscara, o casi, pero ahora, en el presente actual, en la actualidad presente, en el ahorita y el ahoritita ya no es así, ya no me gusta capturar lo que escribí en el hace poquitito antes como en el hace no muy antes me gustaba mecanografiar o mecanoelectricografiar o incluso capturar lo que había escrito en el poquitito antes de ese no muy antes, ni me gusta el sonido de lo que escribí en el muy poco antes que voy escuchando mientras voy capturando en el exactamente ahorita o el hace poquito o el hace poco pero dentro de este hace poco, prefiero poner música mientras estoy pasando lo que tengo que pasar en el este momento de ahorita, un poco para ahogar el sonido de lo que escribí en el poco muy poco antes que es lo mismo que el sonido de lo que estoy escribiendo en el merito ahorita de este momento presente, en que ya no me gusta el sonido de lo que escribí y estoy escribiendo, como si ya no hubiera un enamoramiento, más bien como si dijéramos un desenamoramiento, un desenmascaramiento del enamoramiento y entonces la voz de la persona que había sido objeto de nuestro enamoramiento ya nos resultara desagradable, chillona, estridente, molesta, irritante y ya no me gusta para nada el sonido de lo que escribí en el poco antes ni el de lo que escribo en el ahorita actual que es el mismo de lo que escribí en el poco antes, no me gusta escucharlo y mucho menos leer lo que acabo de escribir en el poquito antes o muy poquito antes, ya no me gusta como antes me gustaba y disfrutaba y le veía sentido o no me preguntaba por el sentido que para el caso es lo mismo

viernes 27 de noviembre de 2009

Velorio de Norberto Zamudio

No hay, en San Mateo del Río, funerarias con todas las de la ley, sino sólo comercios que venden ataúdes, en parte porque la mayoría de los velorios se realizan en las casas. ¿Y los que no forman parte de la mayoría? Bueno, los muertos distinguidos son llevados al Palacio de Gobierno, o, como en mi caso, al Museo del Estado de Allende (que, por obvias razones, nadie menciona por sus siglas), un edificio viejo que en otra época cobijó las instalaciones de la escuela primaria Primer Congreso de Acatempan, que se honró con mi cotidiana e infantil presencia durante seis años y donde tuve oportunidad de declamar el “Adiós a la escuela”, del maestro Epigmenio M. Robles, en la clausura del curso escolar de 1962-1963. Lo que en un tiempo fueron salones, ahora son salas de exposición, aunque, como no hubo suficientes piezas para llenarlas todas, funge como museo sólo la planta baja del inmueble; la planta alta la ocupan oficinas de gobierno. ¿Por qué digo que faltaron objetos para llenar el MEA? ¿Estuve acaso aquí en el momento en que lo fundaron? No, pero basta con ver la pobreza y la escasez de las piezas exhibidas para darse cuenta: una bandera raída, un uniforme de Allende cedido por el gobierno del estado de Guanajuato, una espada oxidada de Vicente Guerrero, los manuscritos originales del ya citado maestro Epigmenio M. Robles (por cierto, ¿cuándo traerán los míos? —espero que no terminen en una universidad norteamericana), algunos cuadros de pintores poco conocidos.
Se encuentra aquí, también, el uniforme que llevó en la secundaria el famoso cómico Memo Jiménez, el Pellejos, que ha dado lustre, si bien no tanto como yo, a nuestra ínclita tierra; una monografía de los años cuarenta sobre el pozole, cuya creación le disputamos al estado de Guerrero, aunque probablemente se trate de un falso problema, ya que muy bien pudieron haberlo inventado los pueblos precolombinos (sí, pero ¿de qué región?, preguntarán los puristas), las zapatillas de ballet de la bailarina Ema Caballero, que, como es de todos sabido, nació aquí, pero tuvo que estudiar en la ciudad de México, ya que, como igualmente es de todos sabido, aquí no había (y sigue sin haber) escuelas de danza; la partitura original del “Himno al estado de Allende”; una colección completa de la revista Voces de Allende, que dio gloria a nuestro estado en los años cincuenta (¿me estoy poniendo demasiado sentimental y regionalista al decir nuestro estado y nuestra ínclita tierra y cosas por el estilo?; bueno, es que en este momento estoy más o menos reconciliado con este lugar que me vio nacer: ¡benditas montañas surianas que por fin me hacen justicia!); la máscara y la capa del luchador Amenaza Lila, que, aunque rudo, también ha puesto con letras doradas el nombre del estado de Allende en los anales de la cultura popular, la cual, dicho sea de paso, y en opinión de uno de mis más célebres amigos, es todo menos cultura.
Pero me equivoqué cuando dije que no había funerarias en San Mateo del Río: ¿qué es un museo si no una gran funeraria, sólo que con menos visitantes?

Estas son algunas frases escuchadas al azar:
—¡Vieras qué caserón tiene Lucrecia! Es una construcción de tres pisos, con columnas y una fuente en el centro de la sala: se ve que le está yendo muy bien. Ah, y en el camposanto tiene un lote enorme, como para cincuenta personas; yo no sé para qué lo quiere: ni que su familia fuera tan grande. Tiene hasta una capilla ahí, con reclinatorios para rezar.

Éstas son otras:
—Estaba yo oyendo música clásica, música instrumental, de Glenn Miller y las grandes bandas, cuando llegó un señor y me dijo: “Es raro que la gente escuche todavía este tipo de música. La felicito.”

Y otras más:
—Vendemos yoghurt con granola, ensalada de frutas con granola, que piden mucho ahora, pero también quesadillas, tamales, tacos.
¿Vale la pena seguir transcribiendo despropósitos de este tenor? No otra cosa se dice durante las largas horas de mi velorio en el MEA, aunque, en honor a la verdad, debo señalar que no es del todo deslucido, pues se sirve café, bebidas alcohólicas y hasta galletas y bocadillos. Eso sí: no abundan los asistentes: ¿quién va a estar queriendo salir a esas alturas de la noche? También a San Mateo del Río ha llegado la inseguridad, para que no se diga que estamos al margen de la vida moderna. Además, como son demasiadas las horas que permanece abierto el MEA, llegan algunas personas, en grupos o en parejas, se quedan un rato y luego se van, por lo que nunca se ve llena la sala en que está mi ataúd. Sólo un grupito de hombres con traje y corbata se instalan un buen rato. Tienen cara de licenciados, no diré que nalgas meadas, porque están cubiertas por el pantalón y el calzón (tampoco tengo vista de rayos X), y además dudo mucho de que a nadie se le antojara meárselas, pero sí nalgas cuadradas: eso se ganan con tantas horas sentados: el precio de la burocracia: la pérdida de las nalgas, símbolo, para algunos, de poder, y, para otros, entre los que me cuento, máximo exponente de belleza.

Aunque no nos enfermamos, sí nos cansamos los muertos. Pues ¿qué se creen, que somos de palo? Nos cansamos, y hay momentos en que preferimos sentarnos románticamente a contemplar el firmamento, en lugar de seguir con el trajín a que nos somete la tentación de querer ver todo. ¡Y miren que es difícil resistirse!
Pero hay ocasiones en que uno prefiere el reposo, y ésta es una de ellas. Lo que no sé es si puede (o necesita) uno dormir, pero no me interesa averiguarlo por ahora.

jueves 26 de noviembre de 2009

Pues no me sale

Si lo hago así, sí, pero a la hora de querer pegar el archivo, no me lo acepta.

miércoles 25 de noviembre de 2009

Quería

poner una nueva entrada, para que ya no estuvieran las mismas sonseras de siempre, pero ya se me olvidó cómo se hace. Ni modo.

lunes 9 de noviembre de 2009

Ya me arrepentí de haber soñado esto

Soñé que Thalía y yo éramos amigos. Estábamos en una filmación, en el descanso de una filmación. Había mucha gente, quizá por la popularidad de Thalía. No sé si estaba dirigiendo yo algo: capaz que era un videoclip!!! Platicábamos ella y yo, no recuerdo de qué. Sólo recuerdo que la veía muy, pero muy flaquita: sus piernas no eran más gruesas que los brazos de un niño pequeño. Le preguntaba si no era peligroso que estuviera tan delgada, y ella me decía que no, que al contrario: era lo mejor para la salud. Yo pensaba que seguramente tenía razón Thalía, que algún nutriólogo se lo habría dicho y que debería hacer yo un esfuerzo por comer menos. Después nos separábamos, y creo que ella se iba (al menos salía de cuadro). Se me hacía mala onda de mi parte no haberle preguntado cómo iba su matrimonio ni cómo estaba su hija.

sábado 7 de noviembre de 2009

Algunas de las cosas que más me gustan las hago solo

http://www.youtube.com/watch?v=k1sRU9y7KDo